Periodismo PUCV a través del mundo: Rafaella Zuleta

Oriunda de Caldera y estudiante de quinto año en la Escuela de Periodismo PUCV, Rafaella Zuleta siempre tuvo el sueño de viajar y conocer el viejo mundo. Su meta estaba bastante clara, buscaba una gran experiencia de crecimiento personal. Inspirada en una compañera, se embarcó en la tarea de postular para viajar al extranjero. Presentó sus papeles y al ver que quedaba, ya tenía todo empacado para llegar a la Universidad de Santiago de Compostela, en la comunidad autónoma de Galicia, que la recibiría en su nuevo proceso académico.

 

¿Por qué tomaste la decisión de viajar a intercambio?

Desde chica que quise hacer un intercambio. Pero siempre lo veía como imposible, porque era muy caro y uno debe sacar mucha plata de su bolsillo. Después tuve la experiencia de una prima que viajó de intercambio en el colegio y también en la universidad. También acá en la carrera una compañera empezó a hacer la postulación, así que me motivé y elegí el lugar más barato, que era España. Más que nada lo hice por un crecimiento personal.

 

¿Cómo fue estudiar Periodismo en España?

En general siempre se sobrestima mucho a Europa. Yo pensé que sería mucho mejor que acá en Chile, aunque no fuera Madrid o Barcelona. Pero, me di cuenta de que no era totalmente así, que no tenían la misma profundidad que la que tenemos nosotros. Ellos tienen más financiamiento, más equipos y recursos. Los profes eran buenos, pero los contenidos eran más interesantes acá.

Pero, lo que me di cuenta es que la educación previa a la universitaria es muy buena allá, porque los chicos son muy cultos. Tienen un background distinto al nuestro. Nosotros acá llegamos a la universidad y nos tienen que nivelar porque unos vienen de colegios particulares, otros subvencionados y otros municipales.

“Me llamó la atención que la mayoría de los estudiantes tenían su columna. Son muy participativos en ese sentido. Aquí nos cuesta mucho, de hecho yo siempre he tenido la intención de hacer algo, pero siempre queda ahí por miedo.”

 

¿Y qué tan distinto era el ejercicio de la profesión allá?

Me llamó la atención que la mayoría de los estudiantes tenían su columna. Son muy participativos en ese sentido. Aquí nos cuesta mucho, de hecho yo siempre he tenido la intención de hacer algo, pero siempre queda ahí por miedo. A lo mejor pienso que es un poco más censurado acá. En cambio allá, ellos llegan y escriben, y lo hacen bien. No tienen los temores que creo que acá mantenemos de la dictadura. Allá se da mucho el periodismo local, por el gran trabajo de las comunidades autónomas, que buscan independencia. Cada localidad tiene su medio, en Galicia estaba “La Voz de Galicia”, por ejemplo.

 

¿Cómo es la vida en España?

Vivir en España fue como estar en el futuro. Es un país desarrollado, aunque en crisis. Me gustaba mucho el respeto que se tiene la gente y el hecho de que puedes caminar libremente a las 5 a.m. sin miedo a que te asalten o te violen.
No puedo decir mucho sobre el país, porque la verdad es que todas sus comunidades autónomas son muy distintas. Sí puedo hablar de Galicia, que fue un regalo de la naturaleza al principio, y con el tiempo un regalo humano. Me costó adaptarme más que nada en la universidad, porque los chicos eran muy cerrados. Ellos tenían la idea de que los Erasmus (como se le llama al intercambio allá), se juntaban con los Erasmus, entonces les parecía raro que yo es hablara. Pero con mi poquita personalidad me los fui ganando.

Extrañé muchísimo Chile, en especial durante el terremoto en el norte y los incendios en Valparaíso. Ver tanto desastre y sufrimiento me mataba. La sensación de no poder hacer nada y estar tan lejos era desesperante. Es súper cliché, pero en verdad nunca sabes lo que tienes hasta que lo pierdes. En este caso yo no lo perdí, sino que se alejaba. En esos momentos entendí que cada cosa en mi vida, buena o mala, me hacía feliz. Galicia es un lugar muy verde y yo añoraba mi desierto. El momento natural más espectacular de mi viaje fue cuando venía volando sobre la cordillera a la altura de Antofagasta y vi el amanecer más perfecto del mundo. Ahí pensé que quizás me fui a buscar a miles de kilómetros algo que siempre estuvo aquí.

 

Por Pablo Kohler Lara

 

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