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Claudio Espejo, exalumno: “Lo que nos hace importantes es que somos capaces de informar e interpretar con responsabilidad, para construir ciudadanía”

Claudio Espejo Bórquez, editor de El Observador, ingresó a la carrera en 1996, formando parte de la segunda generación de Periodismo PUCV. Viñamarino de origen -“aunque soy wanderino por herencia familiar”- estudió de tercero básico a cuarto medio en el Liceo Parroquial San Antonio de Viña del Mar antes de ingresar a nuestra Escuela.

Aunque en sus inicios prefería la radio a los diarios, hoy es editor de El Observador y piensa que todavía la prensa de periódicos tiene mucho que ofrecer frente a la gran oferta informativa de medios digitales y redes sociales. “Tenemos que lograr que el lector sea un pequeño experto en aquello que hemos contado, porque es la única forma de que ese ciudadano pueda ejercer los derechos asociados a ese rol”, menciona en relación al rol del periodista de prensa.

 

Sobre el papel que desempeñas en El Observador ¿Te imaginaste en algún momento dedicarte a esta área del periodismo?

Entré a estudiar periodismo por los motivos más infantiles que se pudiera pensar: tenía 17 años y quería ser un “locutor de radio” con capacitación universitaria ¡No entendía nada! Pero igual estaba el amor por la comunicación y el servicio, que son los dos únicos ejes que guían a quienes hacemos esto.

Para mí era impensado escribir. Además era un poco inquieto y hacer periodismo de prosa larga era un proceso algo lento para mí. Llegué a decir que nunca escribiría en un diario, porque además consideraba que no tenía dedos para el piano. Recuerdo un reto de mi amigazo -y colega brillante- Diego Valderrama, cuando en el Equipo de Prensa del Encuentro Continental de Jóvenes me dijo que mi texto era horrible. Y me enojé. Pero, en realidad era malo. Nunca se lo reconocí. Yo quería irme al equipo de radio y escribía mal de “amurrado”.

Pasó el tiempo, maduré, entendí en lo que estaba y tuve profesores clave en esa motivación por escribir. Hoy soy editor en Diario El Observador y he dedicado gran parte de mi vida a dirigir equipos para reportear y redactar, sin dejar la radio, que es un “juego en serio” que me apasiona y espero abandonar nunca.

 

¿Cuáles son, a tu juicio, los desafíos de la prensa escrita frente al Internet y las redes sociales?

Saber explicar y tener materiales exclusivos. Cuando digo saber explicar, añado el saber contar buenas historias. Que cada relato sea atractivo para el lector. Desde una historia humana hasta el reportaje más complejo de un escándalo público. Que, al terminar de leer, hagamos que el lector sea un pequeño experto en aquello que hemos contado, porque es la única forma de que ese ciudadano pueda ejercer los derechos asociados a ese rol.

Chile está pasando por un fenómeno muy preocupante, de personas alimentadas por mucha información viralizada por las redes sociales de Internet, carente de responsabilidad y profundidad. A ratos, incluso, sin veracidad y con claras malas intenciones o, al menos, intenciones egoístas. Ante la fiscalización ciudadana, el periodismo ha perdido el foco y ha pretendido ser una suerte de “ciudadano recargado”. Pero ese no es nuestro rol. Lo que nos hace importantes es que somos capaces de informar e interpretar con responsabilidad, para construir ciudadanía, no para responder al rating de los formatos informativos. No somos políticos que buscan popularidad, sino profesionales un poco odiosos y, en algunos casos, bastante impopulares.

 

En esta lógica ¿Cuál es el sello que la Escuela le entrega a sus egresados?

Creo que el sello podría resumirlo de manera muy simple, en que nos formó para pensar antes de escribir. Tuvimos buenos profesores en lo técnico, que pasaron años en la calle, “donde las papas queman”, y otros muy interesantes como constructores de pensamiento abstracto.

Hoy, cuando algunos periodistas creen que su rol es sólo poner el micrófono y reproducir lo que “unos” dicen y “otros” responden, haber recibido esa formación es valorable.

 

¿Cuáles son tus próximos desafíos laborales?

Actualmente, entre otros roles, estoy a cargo de un área de proyectos de la empresa que tiene como desafío levantar nuevos productos periodísticos, para responder a distintos públicos y diversificar lectores y bases publicitarias, para hacer sostenible la misión del diario. En eso, hay un proyecto muy bonito que estamos cerrando que se llama “Mi Buena Noticia”, donde hemos salido a rescatar relatos de alegrías personales que convertimos en buenas historias para ser compartidas y leídas. Hemos tenido unos resultados fantásticos en lectoría y (aunque sea difícil creerlo) en la participación de empresas privadas como avisadores. Con esta experiencia nos dimos cuenta que, en medio de los textos tradicionales exigidos por nuestros públicos, son muy aplaudidos aquellos espacios para contar cosas buenas. Esto es una “vuelta de tuerca” cuando la agenda se copa de contenidos que, aunque importantes, son repetitivos.

Otra cosa es que me encantaría volver a hacer clases, pero ahí ya son palabras mayores. Esos son algunos de los desafíos lindos de este año.

 

Y por último ¿Algún recuerdo o anécdota de tu etapa universitaria que quieras compartir?

Las legendarias Olimpiadas de Periodismo en Concepción. Fueron, para nosotros, una suerte de Olimpiadas de la Risa, porque nuestro principal talento deportivo era la simpatía en los encuentros post competencias. La remembranza de ese encuentro fue la carrera de 200 metros planos de un compañero. Justo cuando estaba llegando a la meta como el primero del grupo, levantó los brazos como todo un campeón. Nosotros saltábamos, pero sin darnos cuenta que aún no cruzaba la línea de meta. Él también creyó que había ganado. Pero, no. Paró y todos los demás lo pasaron. Quedó último, porque se detuvo triunfante cuando le faltaba un metro para llegar a la meta.

 

 

Por Ignacio Milies V.

Vinculación con el Medio – Periodismo PUCV

 

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