Experiencia de intercambio estudiantil: Mis seis meses dando vueltas

Cuando me bajé del tren en Salamanca, la primera impresión fue increíble. Calles desordenadas, caminos de adoquines, iglesias de mil años y el sol de septiembre sobre los edificios de piedra franca, que es única en el mundo y hace que la ciudad entera sea de color dorado. Me sentía en una ciudad de cuentos y, no sé si por llevar 25 horas despierto o por tanta maravilla, me costaba entender que todo era real.

La vida ahí nos cautivó desde el principio, porque llegamos en una semana de fiestas, llena de novedades para nosotros. Salamanca es una ciudad pequeña, con mucha vida de barrio y que tiene como principal actividad la vida universitaria. Por eso, todo gira en torno a los estudiantes y es uno de los destinos principales en España para jóvenes extranjeros. No nos costó armar una mini comunidad chilena para celebrar las fiestas patrias.

El 18 de septiembre comenzamos las clases. Fue un poco decepcionante en un principio, porque las facultades principales eran edificios de hace 800 años, pero la nuestra estaba en un lugar súper moderno, un poco aburrido. A pesar de eso, rápidamente nos acostumbramos.

Las asignaturas eran bien parecidas a las de acá, solo que a un ritmo más lento, porque a nuestros compañeros les costaba harto cumplir con sus tareas. Nos llamó la atención esto, porque siempre tendemos a subvalorarnos como latinoamericanos y la verdad, en términos académicos al menos, no tenemos mucho que envidiar. Lo único envidiable es que los espacios de ocio están asegurados a nivel de sistema social: mucho espacio libre para los estudiantes y tres o cuatro horas de almuerzo para los trabajadores, teniendo tiempo para ir a buscar a sus críos al colegio y tomar siesta. Además, no había clases los viernes y los fines de semana el comercio raramente abría.

Lo mejor del intercambio fue la posibilidad de poder visitar tantas ciudades, por poca plata y a pocos kilómetros. Así, comenzamos recorriendo varios lugares de España y Portugal los fines de semana, disfrutando, sobre todo, las características culturales que diferenciaban a un pueblo de otro. En noviembre, por ejemplo, pasamos el primer fin de semana escuchando el catalán en Barcelona; el segundo, el portugués en Lisboa; el tercero, el castellano más castellano de todos en Castilla y León; y el cuarto, el gallego de Santiago de Compostela.

Tuvimos la suerte de juntarnos con muchos amigos chilenos en el camino, que nos hacían sentir en casa después de tanto tiempo lejos. Asimismo en Barcelona, cuando encontramos el bar “Refugio los 33”, donde comimos todas las sopaipillas con pebre y pie de limón que pudimos, al son de Los Charros de Lumaco, entre banderas y carteles de Inti Illimani, de Kem Piña y de Cerveza Cristal en las paredes. Nos llamó la atención, además, que en todos los lugares que estuvimos, hasta en los países más extraños, nos cruzamos con un chileno por la calle. Siempre hay un chileno.

La Navidad fue extraña. Con la Gabi (Gabriela Peñafiel), nos separamos por primera vez en el viaje. Ella partió a donde una amiga del colegio en Dortmund, Alemania, y yo a donde familiares en el centro de Suecia. Llegué a Estocolmo el 21 de diciembre. Como eran los días más cortos del año, a las tres empezaba a oscurecerse. Media hora después ya estaba completamente de noche y no me cabía en la cabeza qué estaba pasando. Fueron diez días en Norrköpping, una ciudad industrial, que a principios del siglo XX sufrió una crisis y desde ahí que pareciera haber quedado intacta hasta ahora. Todo funcionaba perfecto, como en el ideal que uno tiene cuando piensa en Europa. La gente era súper respetuosa y silenciosa. La ciudad tenía lo justo, muchas calles eran de tierra y había muchos árboles. Los vestuarios y las casas también llamaban la atención por su simpleza y, por lo mismo, no se distinguían las clases sociales. Entonces, ahí chocan los inmigrantes, en especial los latinos y los orientales, que no dejan de destacar entre tanta uniformidad. Después de una semana, el silencio y los días nublados me tenían aburrido. Necesitaba volver a mi casa en Salamanca.

Ya de vuelta, el Año Nuevo fue multicultural. A nuestro piso llegaron italianos, mexicanos, peruanos y brasileños, todos con platos típicos. Entonces, era chistoso ver a italianos usando las empanadas chilenas como tortillas, con guacamole mexicano y pebre.

A mediados de enero partimos a París, una de las ciudades más resplandecientes del mundo. Como éramos residentes, al ser estudiantes de la Unión Europea, pudimos entrar gratis a los grandes museos, como el d’ Orsay y el Louvre, también pudimos subir al Arco del Triunfo y entrar al Palacio de Versalles. La ciudad entera estaba llena de historia: el paso de los vikingos por el río Sena, el supuesto pedacito de la corona de Jesús en Notre Dame, las plazas que fueron escenarios de la Revolución y las bombas que Hitler mandó a poner en la ciudad para hacerla desaparecer si se la quitaban.

Del lujo de París nos fuimos a la desordenada Marrakech. El cambio fue súper llamativo. Nos encontramos en una plaza muy particular, con monos y serpientes que bailaban cuando tocaban la flauta. Los mercados eran infinitos, sin precios fijos y vendían de todo. Las carnicerías no tenían refrigeradores y tú podías elegir a tu pollo vivo para que te lo mataran ahí mismo. También, se escuchaban gritos en muchos idiomas difíciles de distinguir y cinco veces al día la ciudad se silenciaba y, desde diferentes torres, distintas voces de hombres hacían rezos en árabe, que se escuchaban por toda la ciudad. Muchas personas corrían a las mezquitas a rezar, otros a cuartos o a alfombras que había en las veredas. Nos sentíamos como en alguno de esos programas de tele de sábado en la tarde

Parte de Marruecos fue colonia de Portugal, otra de España, otra de Francia. Entonces, no era raro que las personas hablaran en portugués, castellano o francés, además del árabe y el berebere, lenguas del norte de África. Era chistoso que muchos jóvenes nos hablaran de Alexis “Chánsez” y otros más viejos de Zamorano. De hecho, un guía turístico nos contaba que se desvelaban para ver la Copa América y se sabía el cahuín entero del choque de Vidal en su Ferrari. Un señor mayor le dijo a la Gabi un día “a mí me gusta el Chile democrático, no el de Pinochet”. Todo esto nos llamó la atención, porque no sabíamos nada de ese país, pero ellos sí harto de nosotros.

Volvimos a Salamanca a cerrar el semestre. La ciudad estaba a mucha altura, entonces, era más helada que un montón de otras ciudades del norte. El 30 de marzo nuevamente tuvimos que partir, pero esta vez en un viaje de un mes y medio, ya que no teníamos casa a dónde volver.

Partimos el mochileo en Madrid. Desde ahí, volamos a Roma en uno de los vuelos low cost, que nos costó unos diez mil pesos chilenos. Tuvimos la suerte de disfrutar al máximo Italia, recorriendo durante dos semanas, reencontrándonos con amigos y pudiendo probar la comida porque era barata. Nunca en la vida había comido tanta pizza, que era muy buena, pero nada que envidiar a las artesanales de Valpo.

Gabriela Peñafiel y Cristofer Díaz en Venecia, Italia

En Italia, desde Roma nos fuimos a Nápoles y de ahí a Pompeya, un lugar sorprendente. Siempre la imaginé como solo ruinas, pero era una ciudad entera, con calles, veredas, lavanderías, prostíbulos y teatros de hace dos mil años. En el más grande anfiteatro, al final del pueblo, sonaba Pink Floyd, desde una galería dedicada al documental que grabaron ahí mismo en 1971. Escucharlos entre las ruinas era un choque cultural de modernidad y antigüedad bien sorprendente.

Recorrimos las calles renacentistas de Florencia, las casas de Romeo y Julieta en Verona, y la onírica Venecia, que se volvía aún más alucinante en el Festival de las Máscaras. Terminamos nuestro paso por el país en Bérgamo, un pueblito moderno abajo y medieval en el cerro, que se ubica a pocos kilómetros de Milán, en el inicio de Los Alpes. Desde ahí volamos a Grecia.

Además de la historia “clásica” que se te aparece en cada rincón, Atenas es una ciudad bohemia, desordenada y bien parecida a Valparaíso. Pasamos también por Estambul en Turquía, donde el estrecho, el Bósforo, separaba la parte europea de la asiática del país. Entonces, podíamos fácilmente pasar la tarde en Asia y volver a dormir a nuestro hostal europeo.

A mediados de febrero, cuando pensábamos que el invierno ya se iba, una ola polar apareció. Hungría, República Checa, Holanda y Bélgica nos dieron el frío de nuestras vidas, con dolor de dedos incluido. A pesar de eso, en todos estos países pasamos por ciudades mágicas, de cuentos, llenas de curiosidades y cosas memorables. Como los puentes en Buda y los cerros de Pest; las marionetas y pasajes coloridos de Praga; las millones de bicicletas, el barrio rojo y los canales de Ámsterdam; y la alucinante ciudad medieval perdida de Brujas, donde tenían cañerías subterráneas que llevaban cerveza desde el centro hacia las afueras del pueblito.

Pese a lo feliz, estaba ansioso por llegar a España, por sus temperaturas, especialmente. Nuestro último destino fue Denia, un pueblito de Valencia, al sur del país, cuyas temperaturas de invierno son de 11°C a 15°C, con playas y una vida muy familiar en esa época. En ese lugar, por primera vez en un mes y medio, pudimos hablar español, tener una vida más “como en casa” y disfrutar el hacer nada, sin la obligación de aprovechar al máximo el tiempo, como en todo el resto del viaje.

España, Italia y Marruecos fueron los países que más disfruté. Son de esos lugares que desearías que todos tus conocidos pudieran estar alguna vez. De Salamanca, los precios más bajos que en Chile, los horarios de ocio y la vida de barrio es lo que más se puede extrañar. Por eso, despedirse de ahí obvio que fue muy triste, pero, feliz después de todo, porque lo aprendido, lo comido y lo viajado no nos lo quita nadie.

 

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Por Cristofer Díaz

Cursó un semestre de intercambio en la  Universidad Pontificia de Salamanca, España

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