Experiencia de intercambio: cómo cambié la Patagonia por Canadá por seis meses…

Aeropuerto de Santiago. Algo así como las siete de la tarde. El trayecto desde Punta Arenas ya me es sobradamente familiar. Caras conocidas por todas partes: en esas tres horas y media que estuve no había nada nuevo bajo el sol. Pero, nunca había estado en la sección de vuelos internacionales en la capital y eso me entusiasmaba muchísimo. Ya arriba del avión, todos los servicios son en tres idiomas. La tripulación habla español, inglés y francés…

10 horas más tarde…

Con el amanecer tras los vidrios a eso de las cinco, ya puse mi primer pie en Norteamérica. En Toronto. La tierra de mis alabados Rush. O de Drake, más moderno y si no le gusta mucho el rock. Serpenteando en su vasto interior, llegué a esperar el vuelo con dirección a Ottawa.

1 hora más tarde…

No hay vuelta atrás. Frente a la cascada que hay en el interior del aeropuerto me pregunto: ¿qué se hace en un momento así?

Salir, supongo. No hay muchas opciones. Pero no. Estamos en diciembre. El 25 de diciembre para ser concretos. “El mejor regalo de Navidad que podrías tener”, en palabras de mi emocionada madre. “¡También para nosotros!”, añade, en ese humor sureño característico mientras recuerdo. Y afuera hay -25º. Mi primera reacción verbal fue lo más chileno que se pueda imaginar usted. Yo, acostumbrado a que esta celebración sea con un asado al palo en el típico “verano” puntarenense: viento y más viento que dispersan el olor de las brasas y dificultan la faena. Aquí, el paisaje era más parecido a Mi pobre Angelito: edificios largos y delgados rodeados de nieve junto a árboles desnudos. Gente con abrigos largos y bufanda. Dos olas de frío en enero estaban por venir, alcanzando -39º y así…

Mis primeras interacciones con canadienses cumplieron lo que ya dicta el estereotipo: gente muy empática dispuesta a brindarte una mano. Educados por donde se le mire. De entre todos ellos, recuerdo con agrado a quien después sería mi sustituta “madre” canadiense y que fue un apoyo fundamental durante toda mi estancia.

 

El semestre en Carleton

Viví fuera del campus. En mi casa éramos seis: un marroquí, un iraquí, un hindú, un colombiano, un haitiano y un chileno. Ningún estudiante. Ninguno conocido…

Y un chileno. Yo.

Como si de un chiste de Coco Legrand o el Bombo Fica se tratara. Ah sí, y el propietario era chino. La multiculturalidad de la que tanto había leído se materializaba ya desde mis primeros días de estancia ahí.

Daniel en Gatineau Park, en Gatineau, ciudad cercana a Ottawa.

Ya instalado, me dispuse a empezar el semestre. Estuve en Carleton University, en Ottawa. Desde el 8 de enero hasta el 20 de abril. Mi primer día de clases fue tremendo. Canadá puede jactarse de ser el líder mundial en educación sin problemas. Con mucha razón. Estudié como nunca, pero aprendí muchísimo. Mis asignaturas fueron de lo más variadas: un poco de Microsoft Excel, estudios de cine, una más sobre marketing e investigación en comunicación, la infaltable. La biblioteca fue mi mejor amigo durante un buen tiempo.

La semana que siguió, junto al resto de estudiantes de intercambio fuimos a Québec, a unas seis horas de Ottawa. “En el otro lado”. Donde hablan francés. Simplemente me enamoré del idioma, que aunque sea retorcido, sigue siendo francés. Del aire semi europeo de sus dos principales ciudades (Montréal siendo la segunda). De la gente. Del regionalismo que poseen. De su identidad cultural. Del paisaje tranquilo sepultado en nieve y de la serenidad que se puede sentir en el aire. Tuvimos la oportunidad de ir al parque Valcartier, que es el parque temático de nieve más grande de América

Pero, lo cierto es que no había que ir demasiado lejos para encontrarse con ello. La provincia en sí llegaba hasta el otro lado del río Ottawa, y poco después descubrí que Gatineau, la ciudad ubicada justo del otro lado, formaba parte de Québec. Cinco minutos a pie y ya estabas en otro planeta.

 

Las diferencias…

¿Qué por qué Canadá? Porque me pareció cliché elegir otros destinos de habla anglosajona. Me atrajo la idea de ir a un destino menos convencional dentro de mis posibilidades. “Así que Canadá, eh… ¿qué hay ahí?”.

Y bueno, cambié el desayuno típico del irremplazable Kiosko Roca por los dulces que ofrecía el Tim Hortons, por ejemplo. O las sopaipillas tradicionales por las beaver tails. La chorrillana por el poutine. El dulce de leche por el maple syrup. A La Roja por equipos de hockey como los Ottawa Senators. O al mismo fútbol por el básquetbol. O el snowshoeing. O esquiar. O patinar en hielo en el Canal Rideau, el río que divide a la ciudad de este a oeste por la mitad y que en invierno se congela para dar paso a la pista de hielo más grande del mundo. Ocho kilómetros ni más ni menos. La gente que va a trabajar la usa como medio de transporte.

Daniel con su grupo amigos y amigas en Gatineau Park. Foto: Phoebe McCulloch.

Por otro lado, no me topé con ningún chileno desconocido. Curioso. Siempre hay uno. Al parecer esta vez era yo…

Pero no fue necesario. Porque encontré un pequeño chileno en el interior de personas que provenían de rincones inimaginables para mí y que conformaron el gran grupo de chicos de intercambio: India, México, Italia, Francia, China, Alemania, Australia, Jordania, Inglaterra, Escocia, Dinamarca y los Emiratos Árabes.

Con todos ellos, parte de lo que hicimos fue celebrar el Año Nuevo chino en febrero, ver el clásico de básquet entre la Carleton University y la “uOttawa”, fuimos al Gatineau Park, al Poutine Fest, a un karaoke que daba mala espina

 

El regreso

Ya a finales de semestre, mi hermano Francisco vino “a buscarme” para regresar a Chile. Con el enano recorrimos lo que podríamos llamar la “costa este” de Canadá. Mentira. Un poco ambicioso decir eso. Canadá es el segundo país más grande del globo detrás de Rusia.

¿El plan? Ottawa, Toronto, Québec de nuevo, Montréal y finalmente Ottawa, desde donde partiría nuestro vuelo de regreso. Dos semanas. De la sencillez de la primera, con sus museos y parques, aparecimos en el centro de Toronto, una mole de cemento muy del tipo Norteamérica. La vista desde la CN Tower lo ejemplifica muy bien. ¿Los museos? ¡cuál de todos más impresionante! Sin embargo, la Casa Loma, un pequeño palacio en el centro de la ciudad, nos daría pistas de lo que vendría. Tras un extenso viaje en tren de diez horas, nos vimos en un mundo completamente distinto: Québec. Esta vez destapado de la nieve. Nos vimos rodeados de murallones, hoteles que parecían castillos, calles repletas de cafés, gente felizmente conversando en francés y atardeceres dignos de una postal.

La mejor forma de describir Montréal, nuestro último destino, es una suerte de Toronto a la francesa. Mucha cultura; murales del tamaño de un edificio, intervenciones urbanas, música de todo tipo, arte. Recuerdo unas proyecciones que se hacían sobre un edificio. Una onda mucho más relajada. Me recordó a Valparaíso en cierta forma.

Tras despedirme de mis antiguos compañeros de piso el último día antes del vuelo desde Ottawa, esperamos el retorno junto a Francis. Directo al fin del mundo.

 

 

Finalmente, esto va dedicado a toda la gente maravillosa proveniente de todos los rincones del planeta que tuve la oportunidad de conocer en esta pequeña aventura.

Gente como uno. Gente como tú…

¡Au revoir!

 

Por Daniel Gallardo
Estudiante de Periodismo PUCV que realizó su intercambio estudiantil en la Universidad de Carleton, Ottawa, Canadá, durante el primer semestre académico de 2018.

Fotografía inicio: Daniel adelante del Hotel Fairmont Le Château Frontenac, en Québec.

22 octubre, 2018

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