Intercambio estudiantil: “Mis seis meses de viajera”

Por Andrea Pereira

 

En el momento en que me subí al avión, con destino final a España, sabía que todo cambiaría. Jamás imaginé la magnitud con la que sucedería. Entendía que había dejado en pausa mi vida normal e iniciaría un nuevo ciclo. El miedo y la ansiedad de llegar a otro país que no conocía, era inminente. Y aún sabiendo a los peligros que me enfrentaba, en mi corazón, sabía que nada malo iba a pasar.

En cuanto me bajé del avión, me llamó la atención lo grande y ordenado que es el aeropuerto de Barajas. El característico, y muy marcado, acento español se me hacía extraño y no podía evitar reír al escuchar sus “hala tía”, “joder”, “que guay”, “madre mía” o sus “hasta luego” en vez de chao.

Los primeros días en España, junto a Kika (Francisca Avsolomovich) -una de mis amigas con las que compartí esta aventura- conocimos los verdes paisajes de Asturias. Dentro de mi poco conocimiento sobre este país, siempre imaginé que era todo muy seco y marrón. Pero para mi sorpresa, el norte de España es muy parecido al sur de Chile -nunca más lindo, claro-.

Andrea Riveros, Andrea Pereira y Francisca Avsolomovich

Pasadas dos semanas, y cuando ya se nos había unido Andrea Riveros, la tercera integrante de nuestro grupo, había llegado el momento de conocer la ciudad que nos acogería por 6 meses: Salamanca. Fue realmente increíble llegar a una ciudad que no se asemejaba a nada que había visto antes.

Esta ciudad tiene el centro histórico más antiguo de España y el tercero de Europa. Existe una gran combinación de estilos arquitectónicos, pero lo más impresionante es que los edificios están construidos con piedra franca, la cual hace que, cuando llega el atardecer, toda la ciudad se viste de dorado.

En cuanto llegamos, la vida de la ciudad nos enamoró. No sé bien si fue justo porque llegamos en temporada de fiestas o producto de la felicidad que todos tenemos al llegar a un nuevo lugar o por el ambiente universitario que se respira -porque Salamanca es una de las ciudades universitarias por excelencia dentro de España-.

Por otro lado, algo que realmente nos sorprendió fue la cantidad de tiempo que destinan al ocio. La vida es mucho más relajada. Para ellos, la universidad o el trabajo no es el aspecto más importante de sus vidas y pasa a segundo plano. Las jornadas laborales son mucho más cortas y las horas de almuerzo más largas. Realmente extraño el llegar a mi casa en Salamanca y tomarme una siesta después de almorzar.

 

La universidad

Creo que antes de llegar a la universidad íbamos con demasiadas expectativas. En un principio fue un poco decepcionante encontrarnos con compañeros españoles no muy dispuestos a integrarnos en sus círculos. Sin embargo, y con el tiempo, entendimos que para ellos es muy común recibir a personas de intercambio que hacen su vida aparte. Además, creo que nos jugó en contra el haber sido tres chilenas que nos apoyábamos. Al estar juntas, muchas veces no nos obligábamos ni forzábamos el intentar generar espacios de conversación con ellos.

Pero no todo fue decepción. A pesar de no establecer grandes lazos con nuestros compañeros españoles, sí logramos entablar grandes amistades con personas de todas partes del mundo que estaban viviendo la misma experiencia que nosotras.

 

Los viajes 

Todos sabemos que el intercambio, por lo menos en Europa, no se reduce solo al ámbito académico, es más, creo que esta parte –por lo menos para mí- fue la menos relevante. Con lo anterior no quiero decir que no aprendí o que mis conocimientos no se expandieron. Sino que, la experiencia se enriqueció mucho más gracias a otras cosas que no fueron precisamente parte del medio universitario.

Uno de los motivos por los que mi experiencia se hizo inolvidable fue gracias a los viajes.  Una de las maravillas de Europa es que todo está cerca y es muy barato viajar. Sumado a ello, no teníamos periodo lectivo los viernes por lo que mientras nuestras clases corrían, aprovechamos nuestros fines de semana para escaparnos a algún lugar.

Andrea en Budapest, Hungría

A las pocas semanas de iniciadas las clases, nos fuimos a Oporto, Portugal y luego de ese destino no nos pudimos detener nunca más. Algunas personas dicen que viajar se vuelve adictivo y debo reconocer que les encuentro toda la razón.

Por otro lado, debo admitir que esta “adicción a viajar” nos llevó a la aventura más grande de mi vida: conocer diez países en un solo mes. El total, durante todo el intercambio, –contando el Vaticano y España- fue de 17 países y 2 continentes. Ya sé, una completa locura.

El segundo continente que tuve la oportunidad de conocer fue el africano. Nos llamó la atención que, al cruzar el estrecho de Gibraltar desde Europa a África, llegamos a Ceuta, ciudad autónoma española. Esta limita con una zona neutral que la separa de Marruecos. Muchas personas cruzan esta frontera caminando para ir a comprar alimentos y luego vuelven a su país.

Luego recorrimos ciudades de Marruecos. País en que el “choque cultural” del que todos hablan, se hizo muy fuerte. La comida, los colores, las tradiciones, la forma de vestir, y hasta el característico olor a curry que invadía varios sectores, hicieron de mi experiencia algo inolvidable.

A finales de diciembre, cuando ya había finalizado el periodo lectivo, armamos nuestras maletas y comenzó nuestro viaje más largo. La primera parada fue Reino Unido y pasamos navidad en Escocia. Nunca antes había respirado tanta magia navideña. Yo creía que solo en las películas la gente se viste con chalecos característicos. Pero esto ocurre en la vida real. Incluso, las personas salen de fiesta con ellos.

El año nuevo lo pasamos en París, pero lamentablemente hay cosas que no salen como lo planeado o esperado. Esa noche fue inolvidable y no precisamente por lo extraordinaria que fue. Es difícil que un viaje salga completamente perfecto y creo que toda experiencia se transforma en un aprendizaje, sea buena o mala.

A pesar de nuestro accidentado paso por París, continuamos viajando y a medida que pasaban los días, el frío se hacía cada vez más fuerte. Debo hacer una vuelta hacia atrás porque en noviembre, durante un fin de semana largo, viajamos a Berlín cuando aún no era pleno invierno, y sentimos un frío que en ningún otro país, incluso con nieve, volvimos a sentir.

Debido al gélido clima, nos daban ganas de añadir calorías a nuestro cuerpo, por lo que nos volvimos expertas en degustar todo tipo de comidas típicas de los lugares. Desde los crepés de París, los waffles, las papas fritas y la cerveza de Bélgica hasta el famoso goulash húngaro.

Quisiera describir cada uno de los lugares a los que fui y toda la riqueza que poseen. Pero es muy difícil resumir y plasmar en palabras todos los sentimientos, emociones y recuerdos que interioricé a raíz de cada uno de ellos. Tampoco podría hacer un top ten de los países que más me gustaron porque cada lugar tiene su belleza. Rescato las experiencias y su hermosura de maneras diferentes.

Fue difícil decir adiós. Dejar atrás un pequeño, pero intenso ciclo que pasó más rápido de lo que me hubiese gustado. Me quedo, por sobre todas las cosas, con las grandes amistades que construí. Subirme al avión que esta vez no me llevaría ni a Italia ni a Francia sino que a mi país, fue una mezcla de sentimientos. Me hubiese gustado dividirme para dejar una mitad en España mientras la otra se iba a Chile. Aunque creo que una parte de mi corazón se quedó y se quedará por siempre allí.

 

Foto principal: Andrea en Oporto, Portugal.

*Andrea cursó un semestre de intercambio en la Pontificia Universidad de Salamanca, España

24 abril, 2019

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